Maxence Van Der Meersch

 

Cuerpos y Almas

 

By Víctor García Salas

 

Quien lee – escuché decir hace algún tiempo a un amigo – sabe lo que significa encontrarse con uno de esos libros, hoy cada vez más raros, pertenecientes al reino de la literatura más exigente y goza: la literatura que ayuda a vivir.

Pues bien, Cuerpos y Almas, de Maxence Van Der Meersch (Roubaix, 1907 – Touquet, 1951), es sin duda uno de esos libros; es una novela en la que cada una de sus página devora a la que le sigue, es una novela que logra que el lector tome consciencia de que lo que en este mundo está en juego es su propia existencia.

Así, aunque la descripción del mundo de la medicina de mediados de siglo XX, fiel reflejo de las condiciones de la época, aunque la descripción de las intervenciones quirúrgicas, realista hasta la crudeza, sin duda acaparan nuestra atención, el gran protagonista de la novela de Van Der Meersch no es sino el drama de la existencia humana, por lo tanto, también el drama de la existencia del lector. De hecho, en Cuerpo y Almas, los hospitales y los quirófanos no son sino el escenario en el que se juega el drama de la existencia humana, el drama de la consciencia que cada uno de los personajes tiene del significado de la vida.

¿Qué es el hombre? ¿Cuál es la naturaleza de esa dramática inquietud que lo constituye? ¿Existe una Verdad que pueda dar certeza a su ser y a su obrar? ¿Cuál es el camino para alcanzarla? Y para Van Der Meersch parece claro que no hay más que dos caminos: el amor a sí mismo o el amor a otro. Detrás del amor a sí mismo no hay más que sufrimiento y maldad, pues la tiranía del Yo es demasiado abrumadora, demasiado odiosa, cruel y tiránica, monstruosa hasta lo indecible, infinitamente más feroz que el más bárbaro de los dioses.

A este Yo quizás no se le llame dios, pero en este mundo sin guía y sin fe, dice Van Der Meersch, en lugar de la divinidad expulsada se ha instalado y reina el Yo. El Yo se ha convertido en el fundamento de todo, por lo tanto en el único y verdadero dios. Ya no existe Dios, ahora existe el Yo, el orgullo y el egoísmo:

 

¡Eso es! Y ese yo disfrazado de Dios, revestido con la túnica sin costura y los andrajos del Dios de quien se ha renegado, proclama sus exigencias, ordena, tiraniza y martiriza como jamás lo hizo ningún Dios. Sólo existe el Yo. Así que todo debe sacrificarse a él. Humanidad, patria, amistades, familia, hijos, piedad, amor; no hay sacrificio que no te pida un día el nuevo amo. Hasta el momento en que te sentirás incapaz de ir más lejos, de dar satisfacción al monstruoso culto, de someterte a sus despiadadas exigencias, de destrozar tu corazón en nombre del egoísmo, y entonces dirás:

“ – Pides demasiado de mí!”.   

 

Sí, ahora existe el Yo, el orgullo y el egoísmo. De hecho, con que frecuencia decimos amar a otro, cuando, diría Sartre, no queremos sino ser amados, con que frecuencia, nos recuerda Van Der Meersch, denominamos virtud a lo que en el fondo no es sino una manifestación de orgullo, de lo que nos daríamos cuenta si en los instantes en los que actuásemos sondeáramos súbitamente en lo más recóndito de nosotros mismos.

Así pues, para Van Der Meersch no hay fracaso más lamentable que vivir para sí mismos, sacrificarse al ídolo, al único y monstruoso amor de sí mismo, pues detrás del amor sí mismo no hay más que sufrimiento y maldad.   

Pero el verdadero amor existe, y es el amor gratuito a otro, pues amando, dirá nuestro autor, es como la criatura humana, a pesar de su mezquindad y su indigencia, se revela en toda su grandeza y se le puede ver de la única manera que jamás decepciona: como una tierra inculta en la que hay que sembrar la verdad, como una ocasión de hacer don de uno mismo.

No hay más que dos caminos: el amor a sí mismo o el amor a otro, perderse por otro y que perdiendo salga uno ganando: “¡El amor! ¡Todo el misterio de la existencia! Que uno se avenga a perder y que perdiendo gane”. Sin embargo, nos dirá Van Der Meersch, esto es inexplicable, por lo que hay que acudir a Dios:

 

“Carísimos, amémonos los unos a los otros, porque el amor proviene de Dios. Aquel que ama es hijo de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.

 

He aquí en todo su esplendor y su inconmensurable amplitud el mensaje del Apóstol al corazón sencillo, subrayará Van Der Meersch. Y he aquí el mensaje del autor de Cuerpos y Almas: “Amar y hacer don de uno mismo son las palabras claves de nuestra vida, pues el que ama vive en gracia de Dios”.

Sólo hay dos caminos:

 

“El amor a sí mismo o el amor a las demás criaturas vivientes. Detrás del amor a sí mismo no hay más que sufrimiento y maldad. Detrás del amor al prójimo está el Bien, está Dios. Cada vez que el hombre ama algo que no está sujeto a él es, conscientemente o no, un acto de fe en Dios. Sólo existen dos amores: el amor a sí mismo o el amor a Dios”.

 

 

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