Paisajes bélicos y paradigmas ontológicos. Reflexiones en el centenario luctuoso de la Primera Guerra Mundial.[1]

 Raúl Adrián Huerta Rodríguez (raul.adrian.h.r@gmail.com)

“La imagen verdadera del pasado
es una imagen que amenaza con desaparecer
con todo presente que no se reconozca
aludido a ella”.
Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, Tesis V.

A un siglo de haberse iniciado la Gran Guerra, el primer conflicto bélico en poseer un estatuto mundial de contienda y ser uno de los acontecimientos con más muertes en la historia, es menester emprender una tarea reflexiva que nos obligue a cuestionarnos acerca de dónde nos encontramos actualmente tras aquella barbarie. Reflexionar sobre la historia implica un preguntar[2] desde un presente que, aprehendiendo y comprendiendo lo que ha sido, se desdobla a sí mismo para re-conocerse y saberse aludido a su innegable pasado, cuestionando su situación tanto de lo que fue como de lo que es hasta alcanzar plena conciencia de las contradicciones que reverberan en su ahí, en el aquí dado por las condiciones a las que se refiere en su indagar histórico, y así proyectar un futuro donde se superen dichas antinomias, al menos esto idealmente. El preguntar dirigido a la historia, tal como afirmara Walter Benjamin en su Tesis VI, no puede pretender conocerla “tal como verdaderamente fue”, sino que su única posibilidad es “apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro”.[3] Si el recuerdo de la Gran Guerra se atraviesa en nuestra reflexión y en nuestro discurso, es porque el peligro bélico también se halla deambulando aquí en nuestros tiempos. El presente desde el que se cuestiona es aquel que acosado por la sombra de su pasado y deslumbrado por el brillo del sol tecnocientífico que lo guía, se tambalea errante a través de su instante, como un infante ciego que apenas ha aprendido a andar y que cree haber superado el misterio del mundo gracias a lo que únicamente logra percibir desde su razón, su gran bastón blanco. La paradoja es que justamente esta razón es la que si bien nos ha permitido alcanzar un grado de sofisticación civilizatorio tan avanzado, por el otro lado, es ella el núcleo de nuestro peligro inminente.[4] La posibilidad de utilizar a la razón en contra nuestra y contra todo lo que nos rodea es el peligro de nuestros tiempos y, en consecuencia, la guerra, como la herramienta para minimizar dicho peligro, es una de las posibilidades más próximas.[5] No por nada el estado presente de cosas ha necesitado echar mano de estrategias orwellianas de observancia y control, pues el terror ante la diferencia es el temple que fundamenta a toda política vigente. El peligro presente contiene la posibilidad de la aniquilación total, el terror existencial de ser nada, por lo que la guerra es la posibilidad más próxima y racional para hacerle frente a semejante imagen apocalíptica pero, paradójicamente, la necesidad de la guerra para resistir tal peligro es el alimento que fortalece y justifica a la guerra misma a la que le tememos. Es a una guerra de dimensiones globales a lo que más se le teme, pues el peligro bélico ya no incumbe única y exclusivamente a aquel ente que la ha generado —el ser humano— y que la ha dispuesto para sí como posibilidad de ser y como estructura de su facticidad, sino que abarca a todo el ámbito planetario. Es decir, la guerra ya no implica únicamente la destrucción del hombre por el hombre, sino que gracias a la elevada sofisticación tecnológica de la industria bélica, la aniquilación tiene la capacidad de ser total e instantánea.

Heráclito pregonó que “la guerra de todos es padre, de todos rey […]”.[6] La mayor parte de la historia es la confirmación de dicha sentencia.[7] No ha habido cultura alguna en la que la sangre de la contienda no esté impresa en sus relatos y leyendas, sea como lucha cosmológica arquetípica, como tradición, como ideología, como éthos, como sufrimiento o como trauma (Traum); es decir, como determinación existencial, como modo de ser.[8] Incluso la política y la guerra han llegado a equipararse.[9] La guerra es una constante en el relato histórico de la humanidad. Pero no es sino hasta el nacimiento de la Modernidad que aquélla adquiere una perfección y una matización únicas al ser éste el periodo histórico en el que inicia lo que se denomina como guerra de primera generación. A partir de la Paz de Westfalia, el nacimiento de los modernos Estado-naciones —con su correspondiente adjudicación del poder y jurisdicción sobre la guerra, así como la organización de fuerzas armadas ya desligadas del poder clerical— y la implementación de la racionalidad en los procesos bélicos a través de la pragmática tecnocientificidad incipiente de aquellos tiempos guiados por el método científico cartesiano, se daría nacimiento a la guerra moderna. Una de las características de esta nueva forma de hacer la guerra, derivado del uso instrumental de la razón, es el “matar a distancia”, que si bien no es un concepto del todo novedoso, sí sufriría un cambio cualitativo dado por el desarrollo tecnológico. En primera instancia, el matar a la distancia en la Modernidad pierde su condición de tensión establecida por la dialéctica oposición entre el arco y la flecha. Desde inicios de la Era Moderna, la tensión dialéctica del matar a la distancia con arco evoluciona hacia la explosión, donde el mosquete y el cañón serían los medios por los que se ejercería dicho matar. Aunque la diferencia sea cualitativa, la esencia del matar a la distancia permanecería la misma: la intentio directa, es decir, la intencionalidad directa del apuntar al enemigo y dispararle al cuerpo de modo certero.

El siglo XIX incursionaría con la industrialización, lo cual repercutiría apodícticamente en la producción bélica, que le traería mejoras técnicas en el armamento, tales como las ánimas rayadas en los mosquetes y el perfeccionamiento de armas de retrocarga, hasta evolucionar a la artillería semi y automática, con lo que iniciaría la segunda generación de la guerra moderna. También éste es el siglo en el que florecen las armas de fuego indirecto (explosivos), con lo que el matar a la distancia adquiriría mayor rango de muerte y poco a poco se iría desligando de la intencionalidad directa del apuntar al cuerpo.

Sobre esta breve reseña de dos generaciones de innovación bélica a lo largo de aproximadamente cuatrocientos años, se percibe ya el aroma de muerte que se extendería hasta nuestros días. El desarrollo tecnológico sería la brújula con la cual se orientaría y se mediría el progreso de la razón instrumental; la ciencia sería su andamiaje y su soporte; la ideología, su alimento. El siglo XX fue una centuria que se esmeró en ser recordada como una de las épocas más racionalmente irracionales, devastadoras y sangrientas en la historia de la humanidad. Solamente en ese siglo se atestiguaron cuatro guerras mundiales[10], dos generaciones de guerras[11] y múltiples revoluciones y luchas civiles, con los saldos rojos más elevados en toda la historia.

La Gran Guerra o Primera Guerra Mundial es el parteaguas en la historia de la guerra moderna, no sólo por el hecho de la multitud de naciones involucradas en tal conflicto y la gran cantidad de bajas humanas, sino también por ser el evento que cambiaría radicalmente la forma de hacer la guerra al introducirse elementos tecnocientíficos y ámbitos mediales que nunca antes habían sido utilizados en contienda alguna y que romperían con el modo tradicional del ataque directo característico de las guerras anteriores. Es en esta guerra donde la industria bélica incursiona con un modelo de ingeniería autoperfectiva en el arte de la destrucción. Pero, filosóficamente hablando, podría decirse que este acontecimiento bélico es el inicio de un sisma ontológico y el avecinamiento de una enorme contradicción en el proyecto de la Modernidad. El paradigma de la razón basado en el modelo positivista, ejecutado a través de la técnica perfeccionada en el arte racionalizado de la muerte y sustentado por una ideología de voluntad de poder nacionalista e impulsada por la ideología del imperialismo decimonónico, crearían las condiciones de posibilidad necesarias para el acaecimiento de una enorme sombra en el onírico brillo de la fe ciega en la razón. También éste sería el evento que transformaría nuestra manera de existir y, sobre todo, de comprendernos ontológicamente en tanto seres-en-el-mundo. En toda la historia previa al siglo XX, la guerra se realizaba básicamente en dos planos —el terrestre y el acuático— y de un modo único —el ataque intencionalmente directo. A partir de la Primera Guerra mundial, la conquista del aire transformaría radicalmente la forma de hacer la guerra. Cuando el medio aéreo hace su debut como espacio bélico y la atmósfera se convierte en el tercer plano dónde realizar la guerra, el paradigma ontológico del ser-en adquiere dimensiones hasta entonces nunca antes consideradas.

La explicitación del espacio atmosférico como medio bélico alcanza su cenit con la aviación, aunque sus repercusiones ontológicas serían dadas por otro evento más peculiar que transformaría por completo nuestra comprensión de seres en relación con el mundo. Es el 22 de abril de 1915 en el Frente Occidental, cuando los alemanes se enfrentaron a la infantería franco-canadiense en Yprés, donde nacería una nueva época en la que el sentido del ser-en sufriría una enorme transformación. Éste es el evento histórico dentro de la Gran Guerra en el que el paradigma de comprensión de la vida cambia radicalmente del ser medianamente consciente de su inexorable codeterminación existencial a los medios en los que se desenvuelve la existencia, a un terror de haber alcanzado, por la hybris de su propia racionalidad, la posibilidad técnica no sólo de la autoaniquilación, sino, en el caso más drástico, de la exterminación total de lo que es. Peter Sloterdijk afirma que la batalla de Yprés es donde se que inaugura tanto nuestra comprensión explícita de seres-en-el-aire, es decir, la explicitación apodíctica del ámbito atmosférico para la existencia, junto con la reflexión acerca del medio ambiente y su manipulación técnica, así como también de ser el evento que inauguraría el terrorismo, específicamente como atmoterrorismo, cuyas repercusiones para la comprensión existencial servirían para el posterior diseño de los espacios interiores como medios antropotécnicos. Militar y pragmáticamente, esta batalla implica la superación del matar a la distancia con intencionalidad directa por un matar a la distancia que ha perdido su característica de precisión de ataque directo al cuerpo del enemigo. ¿Qué es eso tan característico de la batalla de Yprés que la vuelve el evento preciso donde se da la explicitación de la relacionalidad entre los medios y el ser, y que además marca una transformación en el ataque directo al cuerpo del enemigo? La respuesta es la utilización, por vez primera, del gas clórico en una batalla, lo cual “cabría definirlo como la introducción del medio ambiente en la lucha librada entre facciones adversas”.[12] Estamos ante el nacimiento de la guerra química. La idea de esta guerra ya no es apuntar al cuerpo del enemigo, sino a su medio ambiente, con lo cual, afirmaría el catedrático de Karlsruhe, nacería el terrorismo, ya que éste no es más que una forma de manifestación modernizada de saber exterminador, especializada teóricamente en temas de medio ambiente, en razón de la cual el terrorista comprende a sus víctimas mejor de lo que ellas se comprenden a sí mismas. Si el cuerpo del enemigo ya no se puede exterminar asestándole golpes directos, lo que se impone ahora al atacante es la posibilidad de hacer imposible que aquél siga existiendo envolviéndole durante un tiempo determinado en un medio privado de las mínimas condiciones vitales.[13]

En el último lustro del siglo XVI, Shakespeare plasmó en su obra El mercader de Venecia una precomprensión de esta relación del ser con su medio. En la primera escena del Acto IV de esta obra dramatúrgica, cuando el juicio falla en contra del judío Shylock y se le condena a entregar todas sus posesiones, éste afirma: “me quitáis mi vida cuando me priváis de los medios de
vivir”. Con esta frase, aunque de modo precomprensivo, se plasma por vez primera la relacionalidad del ser con los medios necesarios para sustentarlo. La existencia no pervive por sí y desde sí, sino que se encuentra ligada a una relación de codeterminación con el medio en la que se desenvuelve. La Gran Guerra es el evento en el que se torna explícita la relacionalidad del ser con el medio que lo envuelve.Aquella guerra química dirigida ya no al cuerpo, sino a los presupuestos vitales medioambientales del enemigo, sería el punto de partida para lo que posteriormente se desarrollaría como la política nazi de desparasitación, tanto literal como simbólicamente hablando. Esta política fundamentaría el exterminismo judío —los parásitos—, cuyo medio de ejecución serían las cámaras de gas, posteriormente implementado como pena capital en ciertos estados de EE.UU. Por otro lado, esta política de desparasitación traería como consecuencia procesos de control de calidad y de plagas, orientado principalmente al ramo agropecuario y sanitario. Posteriormente, también durante la Segunda Guerra Mundial, incursionaría la conciencia ambiental de la radiación —un terror invisible— con el uso de elementos radioactivos en el armamento. Otro de los grandes acontecimientos dados por la explicitación atmosférica serían las ondas de radio y el electromagnetismo, lo que abriría camino a una nueva era de telecomunicaciones y de nuestro modo de ser actual.

Pero así como la climatología militar crea condiciones de destrucción y de terror, también introduciría su antítesis. El uso de máscaras y filtros antigas “supone un primer paso hacia el principio básico de la instalación climática, un principio erigido sobre la falta de acoplamiento entre un volumen espacial definido y el aire circundante”.[14] La creación técnica de defensa contra el terror atmosférico derivaría en el diseño de espacios interiores como sistemas de inmunización frente al peligro latente de lo externo.

Así, pues, la tesis que sostendría Sloterdijk es que a partir del uso militar del gas clórico en la batalla de Yprés, se unen los tres criterios operativos del siglo XX: el planteamiento en torno al medio ambiente, el terrorismo —comprendido como atmoterrorismo— y la conciencia del diseño tanto de instrumentos terroristas como de espacios interiores de vida en ambientes hostiles.

Este planteamiento conduciría a la humanidad del siglo XX a un modo de ser que podría definirse como un destierro (Heimatlosigkeit).[15] El existir se aleja de la tierra para instalarse en invernaderos controlados climáticamente —lo cual ya se vislumbraba desde la creación del Palacio de Cristal de Londres en 1851—, con lo que se marcaría el inicio de la situación indoors a partir de la manipulación artificial del aire en tanto atención explícita a la calidad del espacio aéreo respirable. El diseño del aire (air-design) no solamente repercutiría en el ámbito militar, sino que sus efectos alcanzaron ámbitos técnicos que transformarían la ciencia y la cultura radicalmente, pues sus consecuencias van desde la implementación de la refrigeración, la calefacción y la ventilación, hasta la aromatización técnica de entornos (antropotécnicas de manipulación medioambiental de espacios mercantiles para la inducción y fomento del consumismo), hasta el desarrollo de hábitats artificiales principalmente utilizados en la ingeniería aeroespacial y diseñados para el sostenimiento de la vida en el espacio exterior y en ambientes tóxicos, contaminados u hostiles para la vida (Proyecto Biosphere 2), así como también la creación de máquinas capaces de controlar el clima (Proyecto HAARP).[16]

            Concluyendo, la Gran Guerra fue un evento histórico que cambiaría no sólo la forma de contender bélicamente, sino que también abriría un nuevo horizonte de comprensión que determinaría el curso posterior de la humanidad. Haría patente el peligro y el terror; perfeccionaría el arte de la muerte y de la vida; cambiaría los paradigmas ontológicos y transformaría la existencia radicalmente. Con ella, comenzaría la concienciación de que somos seres en relación, determinados por el medio en el que existimos y codeterminantes de éste por nuestras acciones. Pero con ello, empezaría un fenómeno de encapsulamiento paranoico frente a lo externo y diferente: el control de nuestra esfera de ser mínima con repercusiones tanto culturales (como el nacimiento de una disciplina como el diseño de interiores, entendiéndolo como la conjunción de saberes orientados hacia la elaboración de hábitats estético-climatológicamente específicos) como psicosociales tan drásticas como nuestro vivir actual en cápsulas de virtualidad cibernética.

NOTE:

[1] Ponencia pronunciada el 17 de mayo 2014 en la Universidad ICTE, en el marco del Coloquio de Filosofía  A Cien Años de la Gran Guerra (16 y 17 de mayo 2014).

[2] “Hacer historia es saber preguntar al pasado. Y saber preguntar consiste en formular continuamente aquellas encuestas que necesita la soledad del presente, para encontrar compañía y solidaridad en todo lo que le antecedió. Hacer historia es reivindicar la continuidad, humanizar el tiempo, al aceptar las modulaciones que en la monotonía cronológica ha marcado la voluntad humana. Por eso, hacer historia es, además, proyectar el futuro, orientarle en la clarividente recuperación de lo que otros hombres hicieron para traernos el presente desde el que historiamos.”, Emilio Lledó Íñigo, ‘Introducción general’ en Platón, Diálogos I, Gredos, Madrid, 2008, p. 10.

[3] Edición y traducción de Bolívar Echeverría en Tesis sobre la historia y otros fragmentos, en http://www.bolivare.unam.mx/traducciones/Sobre%20el%20concepto%20de%20historia.pdf (15/04/14)

[4] Cfr. Horkheimer y Adorno, Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid, 1998, pp. 51-96.

[5] Basta echar una ojeada a la situación ucraniana del 2014 para revivir el terror que arroja la inminente tensión bélica entre la razón oriental y la occidental. Lo más preocupante aún es que está siendo ejecutado bajo las mismas premisas ideológicas que constituyeron la episteme política de las últimas décadas de la decimonónica centuria y que se perfeccionarían en los sistemas dictatoriales característicos del posterior siglo y los actuales.

[6] Fragmento 53. Traducción de Alberto Bernabé en Fragmentos presocráticos. De Tales a Demócrito, Alianza Editorial, Madrid, 2010, p.133.

[7] Cfr., Jeremy Rifkin, La civilización empática, Paidós, Madrid, 2010.  

[8] Ya decía Heráclito hace más de dos milenios: “Preciso es saber que la guerra es común; la justicia, contienda, y que todo acontece por la contienda y la necesidad” (Fragmento 80, Ibídem, p. 132)

[9] Recuérdese la sentencia de Clausewitz “la guerra es la continuación de la política por otros medios” y la inversión de dicha sentencia realizada por Foucault: “la política es al continuación de la guerra por otros medios”.

[10] Vid. Supra. El concepto de guerra mundial ha de comprenderse en su sentido inmediato y total de guerra en el mundo, es decir, una guerra que abarca a todo el orbe, y en el que participan múltiples personajes de todas las regiones del planeta. Hemos de comprender esta tetraclasificación histórica de las guerras mundiales en el siglo XX de la siguiente manera: Primera Guerra Mundial (La Gran Guerra del 28 de julio de 1914 al 11 de noviembre de 1918), Segunda Guerra Mundial (1 de septiembre de 1939 al 2 de septiembre de 1945), Guerra Fría (Tercera Guerra Mundial, donde se han de incluir todos aquellos conflictos bélicos suscitados por la oposición entre el bloque soviético y el americano o dados por la afiliación a alguno de estos bloques, tales como la guerra Civil y Revolución China, la guerra de Vietnam, de Corea, el ataque a Cuba en Bahía de Cochinos, la incursión soviética a Checoslovaquia y Afganistán y la americana en territorios sudamericanos, por nombrar unos cuantos) y La Cuarta Guerra Mundial (iniciada con el levantamiento del EZLN el 1 de enero de 1994 y su declaración de guerra a la globalización y a su modelo neoliberal, que se extendría hasta el siglo XXI como lo que Wallerstein ha denominado movimientos antisistémicos. Es lo que se podría calificar como la guerra del Imperio contra la Multitud, siguiendo el planteamiento de Michael Hardt y Antonio Negri).

[11] No es aquí el lugar para discutir acerca de las cinco generaciones que constituyen la historia de la guerra Moderna, según la clasificación de 1989 de la armada estadounidense. Se deja a consideración del lector, si es que pretende conocer más a profundidad sobre ello, la investigación a detalle de estos esbozos.

[12] Peter Sloterdijk, Temblores de aire. En las fuentes del terror, Pre-textos, Valencia, 2003, p. 43.

[13] Ibídem, pp. 45-46.

[14] Ibídem, p. 51.

[15]“Cuando Martin Heidegger en sus artículos a partir de 1945 empieza a utilizar con frecuencia la expresión “destierro” [Heimatlosigkeit] como lema existencial en la época del “engranaje técnico” [Ge-stell], no trataba simplemente de reflexionar sobre la ingenuidad perdida de la morada en casas de campo y el paso a la existencia en viviendas mecanizadas urbanas. La expresión “desterrado” [heimatlos] buscaba también hacer referencia, en un ámbito más hondo de sentido, a la desnaturalización de los hombres, privados ya de la envoltura natural del aire, y a su traslado a espacios climatizados. El discurso del destierro” simboliza, a la luz de una interpretación más radical, el éxodo epocal de todos los posibles nichos de recogimiento en la latencia. Después del psicoanálisis, el inconsciente ha dejado de servirnos como patria; después del arte moderno, esta función tampoco puede desempeñarla la tradición; después de la biología moderna, apenas puede hacerlo ya la “vida”. En el espectro de estas rupturas encaminadas a la existencia apátrida también nos topamos, después de Hiroshima, con la obligada manifestación de las dimensiones radiofísicas y electromagnéticas de la atmósfera, amén de con la conversión, condicionada por el fenómeno precedente, de los miembros participantes de la cultura en formas de estancia técnicamente vigilantes ante las radiaciones.”, P. Sloterdijk, op. cit., pp. 92-93.

[16] Vid., Sloterdijk, op. cit., pp. 125-126.