Una carta de Héctor Anaya a Francisco Prieto

Te escribo, Paco, para expresarte mi admiración, pero sobre todo mi agradecimiento, porque tras haber leído tu novela Campo de batalla, no puedo sino agradecerte que hayas producido una novela, tan verdaderamente ejemplar -no como las de Cervantes-, de una belleza estremecedora, intensa, de fina arquitectura, equilibrado apasionamiento y una creatividad propia de la madurez literaria, que deviene en lección magistral. Y todo ello, en los linderos del duelo y el vagaroso reproche.

El marco es esplendente: lenguaje pulcro, manejo preciso de los recursos narrativos, la sabiduría y la erudición bien administradas, fruto redondo de un largo aprendizaje de autor y lector.

Pertenezco a la generación que padeció el filicidio, que es la de René Avilés y la tuya, pero aunque escribí el largo ensayo Los parricidas del 68 y lo dediqué a mi padre, en realidad no he tenido que volcar a la literatura mis sufrimientos de hijo, porque un día enfrenté verbalmente a mi padre. Sin embargo he leído con deleite vicario cuentos y novelas en que se refiere esa victimización, que en tu novela tratas con sobriedad, altura de miras y alteza de letras.

Beber un caliz -debes conocerla- es la novela de mi querido amigo Ricardo Garibay, vinculada a los cuentos de Fiera infancia, en la que se manifiesta el dolor de la orfandad con padre, que tú también trasmites. Buen escritor, como tú, Ricardo atemperó en su novela la arbitrariedad y el atropello de un señor de feudalismo familiar, con pasajes amables, recordables, de una paternidad que podría haber sido mejor asumida. Pero no obstante la maestría de Garibay, no logró contagiar esa tensión que sabes imprimir en el músculo de la narración, que no decae ni en momentos de reposo. Tus golpes certeros de eficacia literaria conducen al lector a un emotivo desgarramiento.

En ese juego de voces del relato, que practicas de principio a fin, asombras en el primer párrafo con un desliz sentencioso, que matizará a tu personaje, para quitarle lo maniqueo que cualquier escribidor podría atribuir al malvado padre, que se confiesa autárquico desde el arranque de la novela: “todo mi amor con todo mi egoísmo”.

Ese Yo con que desdoblas al padre y al hijo es un ejercicio de estilo, que por joyceano muy pocos intentan, temerosos de la anfibología. Tu sí, porque dominas las artes del relato y con tus atrevimientos das una lección de literatura avant-la-letre (como dirías tú, espero haber escrito bien), porque muestras el magisterio de lo bien escrito y bien leído.

A mis alumnos de Redacción literaria, les he dado a conocer algunos párrafos de tu novela, para mostrarles la validez de una premisa que sostengo, en el sentido de que la literatura no es, ni puede ser, predicativa, sino demostrativa, y es que tú en la presentación de tu personaje abundas en la sustantivación más que en la adjetivación.

Una emoción semejante, crispación verdadera, sólo me la provocó el relato estremedor de Martín Luis Guzmán, denominado La fiesta de las balas, en que cuenta con elegancia magistral -que no se merece Fierro- cómo va terminando con la vida de los prisioneros.

Por fortuna, en esta novela tuya el castigador no acaba con el prisionero, como la autobiografía lo comprueba. Ni es la muerte la que termina con el soberbio protagonista. La vida es la que lo desmorona y lo va extinguiendo en partes, hasta que de ese totalitarismo -tú que tanto los abominas- no queda nada.

Bueno, sí: una lección de literatura, que toda la gente debiera conocer y que por desgracia la magra edición de Jus, apenas de mil ejemplares, no permitirá, aunque merecería una amplia difusión tu magistral pieza, que justifica mi admiración, pero sobre todo mi agradecimiento.

Un saludo muy afectuoso de Héctor Anaya

 PS.: Me llamó la atención la analogía entre el hijo que en tu novela resente la humillación del padre que lo lanza al mar y lo pone en riesgo de morir porque no sabe nadar el niño y el pasaje kafkiano de su Carta al padre, en el que se siente humillado ante el cuerpo atlético del padre y sus habilidades natatorias. El mar -dirían los freudianos-, el seguro viente materno. O el espejo en que

-según Baudelaire- el hombre libre se refleja, en ese movimiento infinito de sus olas.

(26 de agosto de 2014)