En este tiempo donde abundan los farsantes, los que viven para la pose, los que hacen lo privado público en la impudicia ramplona y repugnante, los que profieren juicios rotundos de cosas que no entienden –qué cosas nos decimos sin saber lo que nos decimos, escribió Juan Ramón Jiménez-, Vicente Leñero vivió desde la orilla opuesta. Y pienso que su obra literaria se finca en la experiencia poética de la misericordia. El sí, como muy pocos, escritores o no, hizo sentir de aquello que hace poco profirió el Papa Francisco, “quién soy yo para juzgar”. Vicente no juzgaba, acogía y confrontaba.

Evoquemos Los Albañiles, evoquemos a esos hombres, a esas mujeres que son pura sustancia, que desde la raíz de su dolor encuentran el perdón, a sí mismos, a sus prójimos y temiéndose blasfemos al mismo Dios que no los abandona, que no los suelta, que es una presencia sin la cual el mundo sería absurdo. El temor de Dios que, imperceptiblemente, se va tornando amor sin asideras al Padre.

La experiencia poética de la misericordia en lo que pudo haber sido y no fue de la anciana de La vida que se va, que como el José García de Vicens, va tejiendo sueños desde la realidad más prosaica hasta que la realidad misma se ha transfigurado y se torna un hermoso sueño que es preparación para la muerte en el ritual del adiós. Todo el pasado se ha transfigurado y no sé qué otra cosa mayor que ésta es la que operan en nosotros las mayores obras de la literatura.

Vicente Leñero hace vivir en sus lectores la misericordia en la pareja a la que en una mudanza, en la esperanza de un cambio enfrenta una existencia frustrada pero esa misma desgarradura los convierte en cómplices y son sacrificados con el deseo purificador de perdonarse.

En Pueblo rechazado, en El garabato, en Martirio de Morelos, El juicio y tantas otras obras, asumir la culpa es el camino a la liberación, asumirse y ver a los otros, confrontarlos confrontándose… Siempre en las obras de Leñero recreamos nuestra pequeñez y desde ella la posibilidad de la grandeza. Y la grandeza es tal en la medida en que nos hemos dado cuenta que no somos tan diferentes, que el otro es un poquito yo, que yo me veo en el otro al que creía detestar. Después de todo, somos Gente así.

Vicente Leñero no perdió nunca la dimensión de la contingencia connatural a la criatura humana. La conciencia de la necesidad de los otros lo hizo el padre que vivió atento a sus hijas, el hombre que creó una amistad profunda con su compañera de más de cincuenta años, el maestro que se colocaba en la circunstancia vital de sus alumnos, que sabía respetar el mundo de cada quién, que oía al otro y que porque le importaba lo confrontaba porque sólo el que ama confronta.

Este poeta de la misericordia que fue Vicente Leñero y que lo sigue siendo en su obra, atento al mundo, a las realidades prosaicas de la cotidianidad cultivaba la soledad porque para meterse el mundo en uno y cargar con él hay que asumir la oscura raíz del grito – tan lorquiana-, saberse que estamos irremediablemente solos, que somos radical soledad y esto nos hace experimentar al final del camino el amor sin reservas a los que compartieron con nosotros el camino. Es entonces cuando atisbamos y encontramos lo que siempre buscamos sin saberlo, una luz que nos va envolviendo y presentimos que pronto seremos parte de esa luz, que de ella vinimos y que por fin retornamos a ella.

Vicente Leñero, en su vida concreta, en su obra, fue un hombre que se vertía en preguntas, ¡tanto respetaba y le importaban los otros! Un buen creador de obras literarias tenía que partir del respeto a las realidades más diversas, que sólo un soberbio pretende conocer sin indagar. Como el periodista de raza que antecedía al novelista y al dramaturgo, preguntaba, preguntaba y volvía a preguntar. Los verdaderos sabios, al revés que Fausto, un día se dan cuenta que sólo sé que nada sé; a diferencia de don Juan, saben que la vida que me diste supera con creces a la vida que, acaso, yo te di.

Vicente vivió sabiendo dar y sabiendo recibir, gloria suprema.

POR FRANCISCO PRIETO