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En su libro En torno a Galileo, José Ortega y Gasset expone el método de las generaciones. Para Ortega en cada momento histórico hay dos generaciones interactuando, la de los que tienen entre 45 y 60 años o dominante, y la de quienes tienen 30 y 45 que hacen su aparición en la vida pública. Esto supone que hay un nervio generacional en cada una que nos mostraría el saber consolidado y la existencia que irrumpe y va mellando ese saber. La cultura, para Ortega, es no sólo un sistema de ideas y creencias sino el sistema vital de las ideas de un tiempo. Los seres humanos necesitan creer y poder nombrar esas creencias de manera que él las domine y no ellas a él. Las ideas, la teoría que de ellas deriva, son decisivas pero dependientes. Asimismo, en el ser humano, en cada ser humano, se encuentran tres regiones, la del cuerpo que corresponde a la biología de cada quien, el recinto de su vitalidad; el espíritu, donde se encuentran la razón y la voluntad, región despersonalizante, de donde surgen nuestras decisiones y actos puntuales; una tercera región,  el alma, es menos oscura que la del cuerpo pero  carece de la claridad de la región del espíritu y es el asiento de nuestra sensibilidad, nuestras emociones, instintos, ese conjunto, en fin, de preferencias y desdenes donde se cuecen la simpatía y la antipatía. ¡Ay de aquel cuyo espíritu no opere desde el alma, pues vivirá condenado a la más radical incomunicación! ¡Ay de aquella comunidad que no sea capaz de leer los signos vitales de los tiempos para cambiar a tiempo sus estructuras mentales!

Pues bien, conforme al planteamiento de Ortega es necesario tomar como punto de corte entre las generaciones un año decisivo y a partir de ese año agrupar a las generaciones protagónicas. En este artículo, las generaciones de novelistas y ensayistas pues nuestro propósito es relacionar a las distintas generaciones que han recorrido el siglo XX con los diversos tiempos que marcan la historia contemporánea de México. Si no tomo en cuenta a los poetas, salvo que hayan publicado ensayos, es porque el poema puede prescindir de los contextos social y político y porque se pueden producir grandes poemas en una nación sin un peso del pasado, en una nación apenas en formación.  En fin, he elegido el año de 1934 para iniciar los cortes generacionales, o sea, cuando el general Lázaro Cárdenas inicia su campaña pre electoral a la presidencia de la república, por una sola razón:

La revolución mexicana, a diferencia del surgimiento del cristianismo, que crea un parteaguas en la historia universal, de la revolución francesa, de la rusa y de la china no tiene un texto referencial que la ate a unos determinados e intransferibles valores. La inicia un liberal espiritista que es asesinado y luego se sucederán las guerras entre hombres de mentalidades opuestas: liberales agnósticos o  de plano ateos comprometidos con la modernidad, el populista Francisco Villa, también como los anteriores un hombre del norte, autoritario y primitivo pero entusiasta de la tecnología, anarquistas intelectuales inspirados en Bakunin y en utopistas diversos, y los hombres del sur, de raíz indígena, que más que revolucionarios procuraban la revuelta, al decir del historiador Womack, el regreso a formas de organización anteriores a la llegada de los españoles. El triunfo de los liberales amantes de la modernidad y cuyo modelo dominante fueron los Estados Unidos de Norteamérica se tradujo en la eliminación de todos los demás caudillos, del norte, del centro y del sur; llevaron a cabo su proyecto liberal creando instituciones acordes pero conservando el lenguaje de los movimientos de las izquierdas, incluidos los indígenas, lo que daría por resultado que los hechos fueron por un lado y las palabras por otro. El PRI, partido que gobernó a México por setenta años consecutivos y que fue producto del grupo triunfante, impuso presidentes de ideologías a veces encontradas según cada circunstancia, lo que evitó, por otra parte, los caudillismos individuales que fueron el mal del resto de los países americanos. De hecho, se fundó como Partido Nacional Revolucionario lo que va a tono con la época de los fascismos, especialmente el de Mussolini, luego, en tiempos ya del general Cárdenas, adoptó el nombre de Partido Revolucionario Mexicano, lo que nos habla de políticas nacionalistas y populistas pero ya en tiempos del primer presidente no militar de la época revolucionaria, Miguel Alemán, Partido Revolucionario Institucional: Alemán, amigo de los Estados Unidos y liberal, procura borrar la imagen revolucionaria y hacer hincapié en el imperio de las instituciones. Así se plasma el carácter ecléctico y pragmático de los partidos de la Revolución que continuó con el primer presidente de la oposición, Vicente Fox y quienes le sucedieron.

Cárdenas, en su campaña electoral, deseaba dejar  en claro que el rumbo verdadero de la Revolución, su carácter popular y de raíz socialista, sería el que interpretara más fielmente a las masas que constituyeron el movimiento.  Sin embargo, el hecho es que él mismo no dejaría la sucesión en manos del general Mújica, que le era afín en ideología, sino en Manuel Ávila Camacho, conservador y, además y a diferencia suya, creyente católico. No hay un libro, como decíamos, que incline la balanza, que sea un referente obligado, de modo que las decisiones dependen de las circunstancia, y cuando Cárdenas nombra sucesor, los Estados Unidos estaban a punto de ganar la guerra, de modo que al terminar ésta estarían muy atentos a lo que aconteciese en los asuntos internos de su vecino del sur. En este punto es fundamental tener presente que poco antes de que llegara Cárdenas al poder se había dado la rebelión cristera y se había pactado una paz que no restituyó fueros al catolicismo, que no cambió las leyes contrarias a la educación religiosa, pero que dejó hacer y  pasar siempre y cuando se guardasen las apariencias: los curas y las monjas no saldrían a la calle con hábitos, a la clase de religión se la llamaría de moral, no habría oficios  ni manifestaciones religiosas en lugares públicos… Cuando Cárdenas intentó establecer en el país la educación socialista  el rechazo fue tan violento y generalizado que dio marcha atrás no por convicción, sino porque consideró que las cerezas no estaban maduras. Y lo pudo hacer puesto que la Revolución no tenía libro y todo, o casi todo, podría encontrar acomodo. Ahí quedó marcada la línea que, en términos generales, ha predominado en la nación hasta la fecha.

Pues bien, si en ese año de 1934 pasamos revista a los novelistas y ensayistas en activo, nos encontramos que los que están entonces entre los 45 y los 60 años son –me referiré a los más connotados- José Vasconcelos, Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán y el filósofo Antonio Caso. Como narrador de su propia vida y del movimiento revolucionario, Vasconcelos actúa y escribe a partir de las acciones incesantes que se registraron a partir de 1910, año de inicio de la Revolución. Azuela y Guzmán hacen novela que son ficción pero también biografía. Es interesante comprobar que la inspiración, proveniente de hechos que irían comprendiendo en la medida misma en que los narraban, los llevó a escribir de un modo que antecede e iría de la mano de los realistas conductistas de la novela americana, o sea, Hemingway, Dos Passos y Steinbeck. No son novelas reflexivas al modo de la novela europea, sino novelas en que la acción, aún en el caso del filósofo Vasconcelos, es la determinante.

Pero en ese mismo año de 1934, nos encontramos con una generación joven, emergente como las he llamado, en que predominan los pensadores y hombres de acción sobre los novelistas, en número y en importancia. Uno de esos hombres entre los 30 y los 45, próximo en edad a los más jóvenes de la generación anterior, es el que da la pauta generacional, Alfonso Reyes. Bastaría recordar una afirmación contenida en su ensayo “Homilía por la cultura”: “Quiero el latín para las izquierdas”. En efecto:

Alfonso Reyes, que también escribió teatro, cuentos y poemas, fue uno de los universitarios de esa generación que entendió que luego de tanta barbarie, el país necesitaba educación y cultura e instituciones que hiciesen lo que la falta de un texto iniciático había impedido, a saber, la construcción de un estado de derecho. Así, fue una figura clave para la creación de lo que sería El colegio de México, para no pocos la institución académica más prestigiada en estudios e investigaciones en el campo de las ciencias sociales y las humanidades. El colegio de México, por cierto, primero fue El colegio de España, creado para los republicanos españoles exiliados, traídos a México en tiempos del general Cárdenas y por influencia de mexicanos ilustres como el propio Reyes, Gilberto Bosques, Daniel Cosío Villegas…; también, fue fundador del Fondo de Cultura Económica, editorial que puso al alcance, en ediciones pulquérrimas y de bajo precio, del estudiantado nacional, primero, latinoamericano y español después, obras emblemáticas de la Economía, la Historia, la Filosofía y que en su colección de Letras Mexicanas difundió la nueva literatura que se hacía en esos años en México.

¿Quiénes son las otras figuras de esa generación? Desde luego, Cosío Villegas, Manuel Gómez Morín –fundador del Banco de México, o sea, el Banco Central, algo que no existía-, Vicente Lombardo Toledano, Jaime Torres Bodet, Julio Torri, Francisco Monterde, Antonio Castro Leal… Aparte de que tanto Cosío como Gómez Morín fueron cofundadores del Fondo de Cultura Económica, hay que destacar que Manuel Gómez Morín fundaría el Partido Acción Nacional y Lombardo Toledano el Partido Popular Socialista, es decir, dos organizaciones que perseguían, por sobre todas las cosas, evitar una hegemonía sin límites del partido oficial, evitar cualquier asomo de dictadura y con el tiempo, conscientes de que el camino sería largo, llegar al poder. Gómez Morín procuraba ir obteniendo puestos en la cámara baja, más tarde  en la alta después, pronto quizá, alguna gubernatura; Lombardo, por su parte, buscaba dar presencia pública a las izquierdas, penetrar al régimen, hacerse del poder cuando las circunstancias lo permitieran. Julio Torri, por su parte, elevaría la crítica literaria al más alto nivel, Monterde fundaría el Centro mexicano de escritores con becas para poetas, narradores, dramaturgos jóvenes  que, apadrinados por escritores consagrados y con una buena ayuda económica, mantuviesen viva su vocación de escritor. Castro Leal creó una colección de literatura mexicana del largo periodo virreinal y hasta el siglo XIX  en busca de lectores que no fueran sólo especialistas (vale recordar que la literatura mexicana es la más antigua de América y  que en pleno siglo de oro español, llegó a España Juan Ruiz de Alarcón: tenía 20 años y se convertiría en uno de los mayores dramaturgos de aquel siglo XVII –escribirá, incluso, comedias junto con Tirso de Molina, el creador del personaje de don Juan, y su drama La verdad sospechosa fue tomado por Pierre Corneille para escribir su obra Le menteur). En cuanto a Torres Bodet, poeta y ensayista, continuó la obra educativa de Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública.

En suma, es una generación con un carácter propio y un propósito fundamental: poner a México a la altura de las ideas del tiempo, en diálogo con el resto del mundo, romper todo provincialismo pero, sobre todo, formar una urdimbre de orden que desterrase el caos y la arbitrariedad dominantes en la nación.

¿Qué sucede 15 años más tarde cuando la generación de los constructores pasa al rango de los mayores de 45 años?

En 1949 el presidente de México es Miguel Alemán, un hombre sin relación alguna con el general Cárdenas como no sea su fidelidad al partido oficial o hegemónico pero que quiere un México industrializado y para nada un México verde. Es la etapa del desarrollo del turismo, de atender a los que componen la generación joven. Veamos a los más insignes:

Octavio Paz, tan notable poeta como ensayista, él, ligado a la izquierda practica en su obra El laberinto de la soledad un psicoanálisis de sí mismo generalizado a los  mexicanos para llevar a la vida y a la luz de la conciencia lo que permanecía celosamente oculto. El laberinto de la soledad, aunque arbitrario, dejará una huella que permanece hasta hoy en la conciencia de los mexicanos ilustrados. En medio de una vida política sobreabundante en triunfalismos, en un nacionalismo pueril,  Paz muestra el lado oscuro, violento hasta la barbarie y arcaizante del mexicano medio. Nada más contrastante con el México que había inaugurado Alemán y que tuvo, dentro de cierta austeridad, su prolongación en el presidente Ruiz Cortines, en cuyo periodo de gobierno, por cierto, se reconoció el derecho de las mujeres a votar y ser votadas.

En aquellos años, el novelista Agustín Yáñez publica Al filo del agua, un relato irrepetible, con un fondo barroco y una poesía que en ningún momento estorba a las acciones narrativas. Es una elegía animada de personajes inolvidables, que dejan una huella en no importa cuál lector, un canto sin esperanza que es un adiós al México tradicional, un estar en el umbral de lo inesperado,  la destrucción de un mundo establecido y la experiencia poética del miedo confundido con el presentimiento de la aparición posible de la esperanza.

Dos novelistas de esos años describen a México sin piedad desde bandos y mentalidades contrarias, José Revueltas, marxista leninista pero enemigo de toda casuística que podía muy bien exclamar como Marx cuando el programa de Gotha, “mais je ne suis pas marxiste”. Un seguidor de la dialéctica de Hegel, fue a su modo y desde su circunstancia, Revueltas. El otro, Rafael Bernal, católico militante, guerrillero del movimiento sinarquista que distingue, como los mayores novelistas católicos de la época, lo que sería un novelista católico de un católico que escribe novelas, es decir, lo más opuesto a un autor de tesis. Revueltas y Bernal parecen denigrar al país, muestran la sucesión de traiciones, la inautenticidad de los líderes políticos, la corrupción que crece en progresión geométrica, y la esperanza que  uno encontraría en la revolución y el otro en la fe cristiana.

Entre los más jóvenes de esa generación están dos escritores siempre sorprendentes, uno de una obra breve e intensa que es pura sustancia, Juan Rulfo, y Juan José Arreola, un poeta de la prosa que es un escritor lúdico, de un fondo fantástico por no decir mágico,  escritor que encuentra la luz en las acciones cotidianas.  En su novela Pedro Páramo como en sus cuentos EL llano en llamas, Rulfo revela, en un México de muertos, de vencidos, de seres sin esperanza, la experiencia poética de la soledad, de la solidaridad, del encuentro de la fraternidad en la desgracia. Arreola, católico cuya fe no puede rastrearse en su trabajo literario, admiraba con una misma emoción a Paul Claudel –nunca entendió ni perdonó a la Academia sueca que otorgara el Nobel a Mauriac y no al autor de Partage de midi–  a Pierre Loüys, a Giovanni Papini o a D’Annunzio. En sus relatos el bien y el mal se hacen presentes pero siempre en su dimensión más puramente estética. Tanto Rulfo como Arreola son autores que podrían considerarse experimentales, vanguardistas en cuanto que son creadores de formas nuevas.

En conclusión, estamos otra vez frente a una generación vinculada por su capacidad de ver la fealdad, de encontrar la belleza en la fealdad, de denigrar, de inventar, o sea, lo que sólo se puede dar en una nación que tiene una identidad esencial no importa la diversidad, que sobre ésta ha construido aquella. El pueblo joven puede dar lugar a grandes poemas, a dramas épicos, pero la novela exige pasado, conciencia del pasado, el peso de una historia diferenciante.

Ahora bien, quince años más tarde sucede algo sorpresivo. En 1964 el presidente es Adolfo López Mateos que quiere fincar su política entre las de los países no-alineados, pero sorprende, por sobre todo lo demás, al menos a mí,  que restaure los desayunos escolares en la escuela pública.  Lo que había creado el ministro Vasconcelos en torno a 1920 –López Mateos había sido de los jóvenes seguidores de Vasconcelos contra el oficialismo- porque no se podía estudiar si se padecía desnutrición considerando que el progreso los haría innecesarios resultó que no era tal y que  la mayoría de los niños de México estaban desnutridos. Una desnutrición no sólo alimentaria, también educativa que contrasta con el surgimiento de una clase media lectora si bien por debajo, de modo real o proporcional, con los lectores de las naciones del cono sur, de Colombia, Venezuela o Cuba. Por otro lado, los escritores de la nueva generación de esos años, como no existe un plan establecido de estudios literarios provienen de tradiciones diferentes, quiero decir, que no han tenido como base las literaturas grecolatinas ni siquiera la española y apenas si se daba a conocer la literatura mexicana. Es interesante, en esa generación, apuntar el número de escritoras y la calidad de las mismas. Finalmente, proporcionalmente también, hay más escritores que lectores. Entre las mujeres es menester mencionar a Josefina Vicens, Inés Arredondo, Elena Garro, Rosario Castellanos, Elena Poniatowska, Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, Beatriz Espejo, de entre muchísimas otras; en los hombres, Carlos Fuentes, Jorge Ibargüengoitia, Vicente Leñero, Salvador Elizondo, Sergio Galindo, Juan García Ponce, Fernando del Paso, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis… Exceptuado Monsiváis,  con una cierta inclinación por las  letras norteamericanas, la mayoría de los autores están formados en las letras y en el cine europeos. Todos poseen un  rigor notable de escritura.

Quince años más tarde, en 1979, todo va a cambiar. La llamada Generación del 68, o sea aquellos nacidos básicamente en torno a 1940, tiene ya una mayor inclinación por las letras norteamericanas y  los escritores de la América Latina. Un primer sector de novelistas hacen una novela desenfadada, rebelde a la retórica del partido hegemónico, irónica cuando no sarcástica de las figuras de la revolución, burlona de todo lo establecido, con un lenguaje brusco, disonante, cotidiano, con frecuencia vulgar; son escritores provenientes de las ciudades y de la clase media educados en familias conservadoras y con mucha frecuencia en escuelas de religiosos. Son José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña y, también, un narrador que se diferencia porque cultiva también el cuento fantástico y su español es puro y clásico, René Avilés Fabila. Ignacio Solares y quien esto escribe se inscribirían en una escritura que mucho debe a los católicos novelistas y a los escritores de la condición humana. Pronto, el propio Solares deriva a la novela histórica, movimiento que va cobrando más y más fuerza y que se prolongará en las generaciones posteriores. La pregunta que es inminente hacerse es por qué ese encauzamiento a la interpretación de la historia. Aventuro una hipótesis: cuando no hay un proyecto social claro y el pasado ha dejado de encontrarse en el presente, cuando se han desdibujado los que fueron valores sustentantes de una sociedad, la desorientación y el desconcierto, la anomia llevan al escritor a lanzarse a una búsqueda de sentido. En  realidad, la novela histórica, que se desarrolló en México a fines del siglo XIX con Salado Alvarez y sus episodios nacionales que emulan a Galdós y que por la revolución de 1910 abarcó el primer cuarto del nuevo siglo, regresaría en la última parte de éste con una fuerza inusitada. Si Fernando del Paso nos hace presente el segundo imperio mexicano con Noticia del imperio, Solares explora en Madero el otro la complejidad del hombre que encabezara el movimiento y luego se sucede un número grande narradores que, como tienen éxito de ventas –lo que confirmaría la necesidad de hombres y mujeres de la clase media de poner en claro su pasado, de construir una prospectiva- esa misma abundancia, propiciada por las editoriales, de lugar a novelas que no reflejan un necesidad profunda y necesaria de revelación humana y social por parte de sus autores y que son ejercicios hechos por lo general con buen oficio para dar satisfacción al público medio lector e ingresos  a veces, no siempre, generosos para los estándares mexicanos.

Pues bien, 15 años más tarde, aparte de la novela histórica y de novelas que buscan entretener al lector,  habría que consignar las novelas de Javier Sicilia, poeta profundo y entrañable, que va construyendo un universo novelístico marcado por la fe religiosa dentro de la ortodoxia católica. Y si lo menciono es porque el estudioso alemán de las letras iberoamericanas, Karl Kohut me comentó en una ocasión que le llamaba la atención la presencia del catolicismo entre los escritores de México, fenómeno que no había advertido en ningún país de la América Latina.  (Especialista en literatura virreinal que organizara coloquios en la Universidad de Eichstätt, en Baviera, sobre diversas literaturas actuales de América Latina, Kohut es una autoridad al respecto). Si algo llamó la atención de Kohut es que desde hace varias décadas el poeta y ensayista Gabriel Zaid ha reunido a novelistas, poetas, ensayistas que, además de escritores, resultan ser católicos aunque sus obras no reflejen, en la mayoría de los casos la fe, en tanto que en los países de América advertía indiferencia u hostilidad en los medios literarios a la religiosidad estructurada, para distinguirla de diversas formas de esoterismo, gnosticismo y prácticas de meditación del extremo Oriente extendidas hoy por todo el mundo. Sicilia, por cierto, había levantado su voz airada de profeta contra la violencia en México y dio lugar al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, lo que menciono en este momento porque en México, aparte de la novela radicalmente comercial, histórica o no, hay una nueva temática en los novelistas más jóvenes, especialmente del norte de la república, que explora el desencadenamiento de la violencia en formas bárbaras, lo que suele ir unido a las bandas de narcotraficantes que siembran el terror y se combaten, asimismo, entre ellas. De hecho, Sicilia, el hombre, es un seguidor fiel de Iván Ilich y de Lanza del Vasto que enriquece su sentimiento cristiano con el pensamiento de Gandhi  en busca del retorno a formas humanas de convivencia; un ecologista enemigo radical del utilitarismo y el individualismo contemporáneos, defensor de los usos y costumbres de las diversas etnias que pueblan, especialmente, el sureste mexicano.

En conclusión, en México la novela es un buen vehículo para explorar el paso de las sociedades tribales a la sociedad globalizada en los siglos XX y XXI, las diversas resistencias, organizadas o no, a la homogeneización, advertir la ley de la entropía que va ganando terreno al tiempo que un autoritarismo verticalista de los poderes político y empresarial  procuran domeñarla. Es, en suma, la presentización de una guerra sin valores comunes, o sea, un proceso de desintegraciones sucesivas en el invierno de la cultura. Las desigualdades sociales no son sólo económicas sino de educación y cultura, una élite numerosa ilustrada que se encuentra a años luz del resto de la población y cada vez con menos contacto con ésta, como suele suceder en las grandes ciudades. El inmediatismo de las redes sociales, el haber olvidado el pensamiento de Pascal “Te busqué porque ya te había encontrado”, el abandono por parte de las universidades de la cultura y las formaciones culturales y el olvido cuando no la muerte de Dios conspiran contra la elaboración de una cosmovisión a partir de la cual nos podamos comunicar los seres humanos. El individualismo y la insularización han venido de la mano con el sorprendente dominio de las ciudades en una nación que a mediados del siglo XX era predominantemente rural y agrícola. En un país que en los años cincuenta era abrumadoramente católico se han multiplicado iglesias protestantes y ha venido ganando terreno el ateísmo. Hay sólo un referente común para todos los mexicanos, Guadalupe-Tonanzin, la virgen de Guadalupe que ha sido el estandarte real de todos los movimientos sociales que ha conocido la nación, desde la independencia hasta la revuelta reciente encabezada por el sub comandante Marcos; Guadalupe que reúne la divinidad india de Tonantzin, la madre consoladora, con María, la judía, también ella consoladora y mediadora de todas las gracias, una hierofanía que nos pone de inmediato ante el fondo común de todas las hierofanías. Y como hemos estado hablando de literatura, no he mencionado a Tonantzin-Guadalupe gratuitamente: el primer texto literario, la primera gran narración escrita en México, el Niccan Mopohua narra la aparición de la virgen mestiza a un indio mexica en un español puro y clásico que no es el español de España, ni en su ritmo ni en sus melodiosas cadencias. Fue a partir de aquel suceso cuando los pueblos originarios salieron, progresivamente, de la depresión, dejaron de morir de melancolía y recuperaron la dignidad, entre otros sucesos cuando vieron que el conquistador se arrodillaba frente a una divinidad que les pertenecía.

El hecho tremendo, sin embargo, es que la sociedad global amenaza las más puras señas de identidad y que los novelistas jóvenes de este siglo XXI hacen novelas como en cualquier parte del mundo, controlados por editoriales puestas al servicio de las leyes del mercado. La anomia avanza y con ella, ya se sabe, ya lo comprobó Durkheim en su célebre estudio, la depresión, el asesinato, el suicidio.

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