DESPERTARES

Después de medio siglo de bailes de máscaras Europa descubre que el rey está desnudo

de Aldo Giobbio

(traduzione di Chiara Spallanzani)

El año 1989 fue el del segundo centenario de la Revolución francesa. Fue también el año que marcó el fin del así llamado “siglo breve”, con la caída del muro de Berlín y, en esencia, del imperio que la Rusia un tiempo revolucionaria había heredado de la dictadura estalinista. El final de aquella trabazón heterogénea y que, en definitiva, se mantenía por medio de la constricción no fue en sí mismo algo malo, cuanto más que –cosa rara en la tradición europea– aconteció de manera bastante pacífica. Sin embargo, aún más notable fue la reacción que aquellos hechos provocaron en la manera de pensar del así llamado mundo libre. Se habló incluso del fin de la historia, y ésta era, obviamente, una afirmación insensata, porque la mamá de lo peor siempre está encinta. Con mayor verosimilitud, también por la sugestión de las fechas, se vio en lo que había sucedido el cierre de dos siglos de “aquella” historia, o sea, en definitiva, de un diseño –o sueño– revolucionario que había debutado con la Revolución francesa y se había terminado con el fracaso, oficialmente reconocido, de la Revolución rusa. Según esta visión de la historia, el año 1989 no sólo cierra la partida abierta en 1917, sino también aquella iniciada en 1789. Sin duda, hacían ya demasiados años –al menos desde 1929– que lo que sucedía en Rusia no podía ser clasificado como una revolución, y en cuanto a la así llamada revolución burguesa, se podía considerar ya terminada en 1848. Como sea, hasta 1989 se mantenían algunos esquemas mentales cuyo fin no hay que llorar demasiado. Es cierto que la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud, sin embargo la verdad es mucho mejor.

¿Cuál verdad? Sustancialmente el “siglo breve” se había dividido en dos partes, de aproximadamente igual duración. El primer periodo (1914-1945) fue el museo de los horrores: dos guerras mundiales, guerras civiles en Rusia y en España, fascismo, nazismo, genocidio armenio, purgas estalinistas, Shoah, etc. El segundo periodo (1945-1989), a pesar de la Guerra de Argelia, la de Indochina y, luego, la de Vietnam, la dictadura de los generales en Argentina y alguna que otra “pequeña” masacre por aquí y por allá, ha dejado una impresión ligeramente mejor, no sólo porque se necesitaba poco para parecer mejor que el primero, sino también porque, efectivamente, al menos en el papel, se pusieron sobre la mesa algunas ideas para tratar de no repetir al menos las cosas más horrendas. La ONU nunca ha sido algo muy serio, pero, por ejemplo, la Comunidad (ahora Unión) europea también podía alimentar alguna ilusión en personas de buena voluntad (el autor de estas notas, a los veinte años, era miembro de la Juventud Europea Federalista).

Sobre todas estas cosas pesó, naturalmente, la así llamada guerra fría, cuya influencia tuvo efectos muy negativos en la política exterior. La psicosis obsidional generada por ésta provocó por parte de las dos superpotencias rivales intervenciones impulsivas como, por ejemplo, las de la URSS en Hungría (1956) y en Checoslovaquia (1968) y la constante injerencia de los EU contra cualquier intento de democratización en América latina. Desde el punto de vista económico, el temor de que las clases subalternas, en los países de Occidente, pudieran hacer “como Rusia” alimentó algunos intentos de aflojamiento, al menos, de las tensiones sociales más evidentes. En realidad, desde la muerte de Stalin (1953), el modelo soviético había perdido ya casi completamente su encanto. La denuncia hecha por Nikita Krusciov al XX Congreso del PCUS (1956) levantó un gran clamor por su carácter oficial y por la personalidad de quien la había pronunciado, factores que también obligaron a los partidos comunistas de Occidente a reconocer verdades que hasta aquel momento habían negado de manera oficial, pero que una copiosa literatura ya había hecho ampliamente evidentes, pero en esencia no agregó nada nuevo a lo que ya se conocía. A lo mucho, hizo la discusión más abierta y leal, hecho en sí mismo ciertamente positivo. La necesidad de “hacer algo” para volver un poco más apetecible el modelo occidental tenía también, en todo caso, motivos más internos, en particular la reflexión sobre la crisis económica de los años ’30, que había despertado muchas razonables dudas sobre la excelencia de la economía capitalista, y la percepción por parte de los grupos dirigentes que era necesario dar a los veteranos de la segunda guerra mundial la sensación de que sus sacrificios no habían sido inútiles. No es casualidad que los dos textos fundamentales que –al menos en el papel– habrían constituido la doctrina oficial de un intento declarado de conciliar la justicia social con la libertad política –los dos informes Beveridge sobre el welfare state y sobre las posibles políticas de pleno empleo– hayan sido elaborados durante la última fase de la guerra. En la práctica, el welfare state (aun con diferencias significativas entre países) encontró una cierta aplicación en Europa, en particular por lo que se refiere a la Salud Pública, y mucho menos o nada en los Estados Unidos. En cuanto al pleno empleo, es una historia a parte que merece alguna reflexión. Que el sistema capitalista no garantizaba el pleno empleo –o más bien la plena utilización de los recursos– era una opinión que aún era objeto de discusión pero, en general, al menos en Europa, era más compartida que rechazada. El problema era el “qué hacer”. Entre las fuerzas de gobierno de la época, el Labour Party británico, que había participado en el gabinete de guerra y, poco a poco, había ganado las elecciones, era prácticamente la única fuerza política en posición clave que no veía como una desgracia un eventual paso hacia el socialismo. Para todos los demás valía el principio de que si el estado tenía que intervenir, al menos lo hiciera lo menos posible. La cuadratura del círculo pareció encontrarse en la teoría económica, en particular en la de John Maynard Keynes, que en aquel momento, al menos en el club de los vencedores, era el científico más destacado. Pensador hipercrítico, atormentado, no siempre coherente, Keynes, por otra parte, había muerto prematuramente, en el apogeo de su fama, en 1946. Estas circunstancias permitieron a cada uno, de buena o no tan buena fe, utilizar su pensamiento como les parecía mejor, evitando afrontar las cuestiones esenciales. Por otra parte, Keynes mismo había dicho que el sistema capitalista era, después de todo, capaz de distribuir la producción de manera bastante racional; lo que le faltaba era la capacidad de movilizar los recursos necesarios para maximizar la producción misma. ¿Cuáles recursos? El Informe Beveridge había reducido, de manera esencial, a cuatro las opciones posibles: desde el punto de vista de la gestión, intervenir directamente en la economía por medio de actividades –en particular obras públicas– encabezadas por el estado, o bien ofrecer recursos financieros a las empresas, contando con el hecho de que éstas sabrían cómo utilizarlos mejor; bajo el punto de vista financiero, los fondos necesarios se conseguirían por medio de los impuestos o bien por medio de la deuda (el así llamado déficit spending). Naturalmente, las soluciones posibles a nivel práctico tolerarían un cierto número de combinaciones, pero en todo caso el operador público no se libraría de la necesidad de elegir. Por otro lado, el informe no escondía su inclinación hacia la gestión directa por parte del estado, que optimizaría la relación entre los fondos asignados y los fondos empleados, mientras que la simple asignación de dinero a los individuos no garantizaría al cien por ciento el uso efectivo en el sentido auspiciado (los viejos economistas ilustraban el concepto con la frase: “se puede llevar el caballo al río, pero no se puede garantizar que beba”). En cuanto a la cobertura, la cuestión era aún más espinosa, porque el financiamiento por medio de la imposición, para no reducirse a un círculo vicioso, comportaba la consecuencia de que el gobierno tenía que asumir la responsabilidad de decidir cómo (en esencia sobre qué sujetos) repartir el gravamen fiscal –y así la cuestión se volvía eminentemente política– mientras que el financiamiento por medio del deficit spending tenía que lidiar con el riesgo de inflación, argumento además de político, también de los más delicados. Al final las decisiones no fueron técnicas, ni propiamente políticas, sino más bien ideológicas. La política económica de los gobiernos occidentales en los siguientes cuarenta años, sustancialmente se basó en la inflación, introduciendo liquidez en el sistema y ampliado la deuda pública. Algunos países se las arreglaron como mejor pudieron, otros simplemente fueron arruinados, mientras que Keynes se revolcaba en su tumba.

Éste es el contexto en el que nació el proceso de unificación europea, que probablemente hoy constituye el hecho principal del periodo histórico actual y que en todo caso ejerce –o no ejerce, a causa de su impotencia– una influencia decisiva en otros importantes fenómenos actuales. En sus orígenes encontramos, antes que nada, la guerra fría, con la presión de los Estados Unidos por el rearme de Alemania, considerado indispensable para reforzar la defensa contra el supuesto expansionismo soviético. Un viento de guerra sopla sobre Europa a inicios de los años ’50. La idea misma de constituir una Comunidad Europea del Carbón y el Acero nace de los nobles propósitos de un viejo socialista, Jean Monnet, de que la gestión de las minas carbosiderúrgicas de la frontera franco-alemana sirviera al bien común, por la posesión de las cuales él veía la causa (o al menos “una” causa fundamental) del antiguo conflicto entre las dos naciones. Sin embargo, en el fondo, también está la idea de poner bajo control multinacional recursos considerados esenciales en caso de guerra. En el esquema de la guerra fría, se presupone, obviamente, que Alemania será una aliada, pero, al menos para los franceses, mejor no confiarse. Dadas tales premisas, el segundo paso de la política así llamada europeísta, la Comunidad Europea de Defensa, no sólo tuvo un carácter abiertamente militar, sino que evidenció la idea de mantener a Alemania bajo control: si no se le podía impedir el rearme, al menos que sus fuerzas recibieran órdenes de otros. El proyecto fracasó, porque ninguna precaución le pareció suficiente a Francia. De cualquier forma, el rearme de Alemania se llevó a cabo más tarde, en el marco de la OTAN, o sea bajo un más directo control americano, pero esto es harina de otro costal. Para los efectos de la unificación europea cuenta más el hecho de que el fracaso de la CED fue proclamado, de modo bastante impropio, como una gran derrota de la idea europeísta y los gobiernos europeos se sintieron con el deber de proponer alguna otra idea, también para no dar la impresión de que el europeísmo apestaba demasiado a cuartel. Por eso la dirección fue por la economía, con la fundación, en 1957, de un mercado común europeo, denominado Comunidad Económica Europea, luego Comunidad Europea (tratando de aligerar, al menos en el nombre, la connotación exclusivamente económica) y ahora Unión Europea, hoy en plena crisis.

La Unión Europea nunca ha sido, y no lo es hoy, una federación de pueblos. A lo mucho una confederación de estados. Hoy es objeto de discusión a causa del euro, al que se le atribuyen muchos males. En el mejor de los casos, se dice que fue meterse en camisa de once varas, poner el carro delante de las mulas. En el peor, una violación de la soberanía y una maniobra perversa para poner a los países más débiles a merced de los más fuertes. En realidad, los que hoy paga la UE son sus pecados de origen. Yendo a la esencia de las cosas, Jean Monnet había intuido una realidad fundamental: que Europa era una cuestión franco-alemana. Lo era, grosso modo, desde los Juramentos de Estrasburgo (A.D. 842). En los años ’50 hubo mucha retórica sobre el legado carolingio, pero no se pude no subrayar la semejanza entre la primera composición de la Comunidad (Francia, Alemania, Italia y Benelux) –la así llamada Europa de los seis– y el imperio de Carlomagno, aunque es una semejanza, sobre todo, territorial. No obstante, más orgánica de lo que pasó después. De todos modos, partió mal. Claro, consiguió el objetivo fundamental de evitar otra guerra franco-alemana, por lo demás poco probable por el momento, pero no logró ser una verdadera comunidad, ni siquiera desde el, más limitado, punto de vista económico. En el mejor de los casos, se creó, bien o mal, un área de libre comercio. El vicio de fondo fue siempre, en definitiva, el mismo: la Unión presuponía, en el papel, una cierta renuncia a la soberanía nacional (Italia incluso había incluido en su Constitución dicha posibilidad), pero el sobreentendido era que dicha renuncia fuera la menor posible. Con arrière-pensées de este tipo resulta imposible construir una política común. A la Unión se le ha criticado su falta de ideales, o sea, el haber reducido su actividad a la pura economía, pero ésta no es sino la consecuencia natural del vacío dejado por la política. A la economía misma se le ha criticado de haberse reducido a un laissez-faire falto totalmente de motivaciones sociales, pero también esto no es sino una consecuencia del abandono de la política: la economía, abandonada a sí misma, tiende por su naturaleza al dominio del más fuerte. También hay que decir que esta involución tiene sus raíces en la ambigüedad de las decisiones post-bélicas, teóricamente orientadas a la subordinación de la economía a las responsabilidades sociales, pero en la práctica limitadas, en su acción efectiva, por una praxis que trataba de interferir lo menos posible en las decisiones operativas, dejadas, de hecho, a la iniciativa privada. Se ha hablado mucho, en estos años, de las medidas adoptadas, bajo la guía de dirigentes políticos como Margaret Thatcher y Ronald Reagan, para deshacer lo hecho por Roosevelt y sus sucesores. Han habido responsabilidades políticas y es justo que se pongan en evidencia. Sin embargo, el trabajo desarrollado por estos restauradores no ha sido titánico, y no requirió la fuerza de voluntad de quien trató de trabajar en la otra dirección. En pocas palabras, Roosevelt, Keynes, Beveridge y los demás como ellos remaban contra corriente. A los restauradores les fue suficiente, en última instancia, remover algunos diques y dejar que las cosas retomaran su curso: laissez-faire, para ser precisos. En tal contexto, la introducción de una moneda europea única debe ser vista como una decisión no tan valiente como inevitable. No puede sobrevivir un área de libre comercio cuando los estados utilizan la moneda para influir por medio de la inflación sobre el costo de los bienes y recurren a las devaluaciones como instrumento para frenar las importaciones e impulsar las exportaciones, asignando a la política monetaria tareas que en otros tiempos eran demandadas a las barreras tarifarias, y precisamente para eliminar éstas fue instituida la Unión. La contradicción entre las palabras y la realidad era demasiado evidente. El debate sobre el euro debe versar, si acaso, no sobre su oportunidad, sino sobre su factibilidad, y ésta, por desgracia, no se puede dar por supuesta, dadas las grandes diferencias que existen entre los varios estados miembros. En realidad, es imposible tener una moneda común si no hay un acuerdo, al menos, sobre las políticas fiscales, de presupuesto y empleo. Desde este punto de vista, la acusación de haber puesto el carro delante de las mulas está totalmente justificada. Por otra parte, la historia de la Comunidad, primero, y de la Unión, después, ha sido siempre la misma. También entra en este rubro el excesivo aumento del número de los estados miembros, hecho en parte para tratar de diluir la presencia franco-alemana pero también, me temo, para mostrar que la Unión “hacía algo” cuando no estaba haciendo lo que hubiera tenido que hacer, o sea, pasos para volverse una verdadera federación. En fin, no hay duda de que todos las fallas hayan llegado al descubierto.

Lo anterior ha sido concebido por el autor de estas notas como una premisa necesaria al discurso más apremiante respecto a lo que se debería y se puede hacer ahora, visto que lo de la Unión Europea no es el único problema sobre la mesa, por muy importante que sea, como lo está demostrando, por ejemplo, su actitud ante la tragedia de los refugiados. Ahora me doy cuenta de que sólo he aludido a aquello de lo que habría querido hablar. Espero poder hacerlo más adelante, especialmente si recibo alguna pregunta o leo alguna intervención, que calurosamente solicito.