Chesterton escribió su Ortodoxia en 1908 y, entre muchas otras cosas, dejaba claro que no puede existir salvación posible, progreso, sin un ideal fijo e inmutable. Sabemos todos lo que pasó después de esa fecha. Por lo demás, hay que tener ganas de ser verdaderamente ingenuos para creer, hoy en día, en el progreso: nefastas matanzas y guerras, violaciones impunes de los derechos humanos, desigualdad profundad, en todos los sentidos, violencia, hambre, desprecio a la diversidad cultural, al conocimiento, inestabilidad social, etcétera, etcétera; sin contar, además, que como diría Chomsky, estamos creando con nuestra inteligencia un asteroide que está dando pie a la sexta extinción. A fuerza de querer ser demasiado humanitarios, con el anuncio de la muerte de Dios por delante, hemos acabado por ser los peores enemigos de la especie humana, y del Planeta Tierra. Basta, pues, un poco de atención y de consciencia, como señalaba en otra parte, para darnos cuenta de que estamos a un paso de acompañar a Judas en la Giudecca. Y para no engañarnos pensando que esto no nos concierne, pues si eliminamos la parafernalia metafísica que encubre a dicho infierno, comenzaremos a reconocer en él fenómenos que están muy próximos a nosotros o dentro de nosotros, Francisco Prieto, muy en la línea de Chesterton, creo yo, aparece en escena con La construcción del infierno.

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